16 septiembre 2009

¿Sabéis hasta dónde?

Hay un libro muy interesante sobre aikido que no trata en absoluto de su aspecto técnico ni de la parte física. Podría ser el de Kisshomaru Ueshiba, el de André Protin, el de Mitsugi Saotome… Esta vez, en cambio, me gustaría hacer una pequeña mención a Aikido. El camino de la armonía universal y la unión con el universo, de Stan Wrobel (ISBN: 968-19-1140-7). Es un libro que traslada las enseñanzas del dojo a la vida cotidiana, que invita al autoconocimiento. Francamente interesante.

Creo que hay muy pocos aikidokas que no sean conscientes de que el valor del aikido va más allá del horario de clase, de que hay que aplicar fuera lo que aprendemos dentro, y de que eso no significa el uso técnico del aikido en cualquier circunstancia y a la mínima oportunidad. Creo que la gran mayoría sabe que el aikido nos ofrece una serie de “estrategias” para resolver conflictos sin necesidad del uso de la fuerza, y creo, asimismo, que prácticamente todos entendemos que eso también nos sirve para afrontar los contratiempos de otra manera. Una persona que es para mí un ejemplo a seguir me dijo en su día: “no hay que preocuparse, sino ocuparse”. Si el coche no arranca, no pierdas el tiempo en maldecir y golpear el volante; asegúrate de que la batería no esté descargada, abre el capó, echa un vistazo o llama al seguro. Si un señor mayor insiste en decirte que el partido de ayer acabó en empate a dos y tú sabes, porque estuviste allí o porque marcaste uno de los goles, que el resultado fue 3 a 2, no discutas; no es un asunto capital, no es una discusión en la que realmente importe la verdad. Los ejemplos son infinitos. Lo importante es entender que la vida es corta y bastante tiempo perdemos durmiendo como para seguir despilfarrándolo en tonterías. Lo importante es entender que armonizar con todo lo que nos rodea es como usar el mejor lubricante en la máquina más perfecta y exacta. ¿No es bastante importante el tiempo que pasamos en este mundo como para intentar que todo fluya y sea sencillo?

Porque, en definitiva, lo importante no es imponerse. Uno nunca se impone convenciendo, sino venciendo, y nunca se convence a la fuerza. El aikidoka que no entienda eso acabará buscando la supremacía a través de la técnica, hasta depurar sus movimientos hasta el máximo de efectividad, pero no conseguirá relacionarse con su entorno ni consigo mismo en términos de armonía. Sencillamente conseguirá ser técnicamente mejor que los demás. Estará al nivel de cualquier competidor. Sería como comparar la política internacional de Georges W. Bush con la que Noruega lleva a cabo desde hace años. Noruega es uno de los países líderes en fomentar el diálogo para resolver conflictos. Y algo muy interesante respecto a eso: nunca actúa en países en los que tiene intereses económicos. La entrevista al ministro de exteriores noruego publicada el domingo 13 de este mes en El País es reveladora.

Uno de nuestros amigos practicó aikido con nosotros cerca de un año. No pudo continuar por falta de tiempo. Acababa de aumentar la familia y su cargo de cierta relevancia en una entidad de ahorro se lo impidió. Es un hombre curtido, con experiencia, pragmático, que toma el control de la situación antes de que pestañees, un gran conversador, generoso… En definitiva, uno de esos amigos que todo el mundo debería tener. Lástima que haya tan pocos. Le encantó el aikido, su parte práctica, en concreto. Se sintió más ágil y flexible, creció un centímetro… En cambio, el componente filosófico-espiritual no le atrajo en absoluto. Claro, es un hombre pragmático que está habituado a quitar los adornos e ir al grano. Estaría encantado de introducir el aikido como actividad extraescolar cuasiobligatoria en el colegio de sus hijos, en lugar de otras artes marciales. Porque el aikido no fomenta la competitividad, porque fomenta de verdad los valores que los deportes que se suelen practicar echan por tierra (deportividad, respeto…). O sea, la punta del iceberg de aquello que no le atrajo. Si le damos un poco más de tiempo, su punto de vista cambiará un poco más.

Estoy cada vez más convencido de que el aikido es una de las herramientas que más necesita el ser humano para sufrir el mínimo daño en este mundo. Es cada vez más claro que la gente no ve más allá de su ombligo y que todo está condicionado por intereses particulares. Absolutamente todo se decide en función del beneficio que va a aportar. ¿Para qué darle 50 céntimos a ése que pide en la puerta de la tienda? Sólo está ahí de pie, mientras yo trabajo un montón de horas, y 50 céntimos son medio café, y siempre tomo un par de cafés al día. Desde ese punto de vista, darle limosna a esa persona no aporta ningún beneficio. Ahora bien, observa qué ocurre cuando alguien le da una moneda, del valor que sea. La mirada de agradecimiento es impagable. Una vez le di una moneda mi hija para que se la diera a un hombre que pedía a la entrada de una tienda de alimentación. Aquel hombre, sin siquiera mirar la moneda, cogió la mano de mi hija y se la besó. Luego, me dio las gracias a mi con gestos más que elocuentes. “Haz el bien y no mires a quién”. Ahora, cada vez que pasamos por allí, ese hombre nos saluda, con moneda o sin moneda. ¿Cuánta gente te agradece así un detalle sin importancia? Eso te hace lamentar no poder tener un presupuesto específico para eso. Hoy en día, la velocidad vertiginosa de lo moderno es lo que importa, las modas, te invitan a una red social y aceptas sin apenes pestañear… Giramos sin remedio en una huida hacia ningún lado, y nada de lo que hacemos tiene sentido. El aikido puede mostrarnos el camino. Hay que detenerse, ver nuevas formas de ver, y empezar de nuevo. Empezar de nuevo a dar, a crear. Stan Wrobel lo explica así en su libro: «La palabra arte se ha utilizado para describir diversas actividades y procesos, así como objetos con cualidades estéticas. El arte implica el aprendizaje de habilidades específicas y su utilización para producir creaciones atractivas, pero va más allá de los aspectos técnicos de la actividad: conlleva el uso de respuestas intuitivas y suscita una expresión personal cargada de visiones, sentimientos y emociones; incluye principios, procesos, intuición, imaginación, destrezas… Es la expresión propia y produce belleza; refleja nuestras destrezas innatas y aprendidas, nuestra originalidad o creación; provoca una sensación de armonía, control y maestría. La recompensa del arte es la satisfacción por las habilidades, por la destreza en el proceso y por la expresión verdadera del ser. El estudio de un arte es como un mapa que indica el camino hacia cierto lugar, y es tarea personal determinar cuál es ese lugar».

1 comentario:

Xabier Juanes dijo...

me imagino que querías decir que uno nunca se impone venciendo, sino convenciendo...